
Despegarse de las cobijas… mmm, todavía no ha sido suficiente. Volver a dormir. Con una pesadez increíble se abren los ojos… y se cierran. Soy como si fuera dos; quiero la actividad, quiero descansar. Dos horas o diez, dan igual; al despertar sigue allí el cansancio. No me gusta dormir. En las noches es una tortura el periodo entre la decisión tomada —y ponerme en disposición— y lograr el sueño. En las mañanas es una tortura el despertador —que uno de los dos apaga mientras el otro aún duerme (pero que el uno sólo sirve para apagarle)— y la lucha entre ellos, que por lo general se extiende cerca de dos horas. ¿Alguna vez llega a ser suficiente? no lo creo, entonces prefiero ahorrarme la búsqueda absurda de la saciedad. Pero despegarse de las cobijas es de valientes. Muchas veces opto por la cobardía. No me gusta dormir pero es placentero.
Cuando se acerca lo que es para mí el final de la noche, aquella hora en la que siento es necesario ir a la cama, me preparo para la disputa. Uno es un amante noctámbulo, otro es un obsesivo mañanero. La rectitud y la flacidez. ¡El odio que se tienen! Mi dolor de cabeza. Es hora de dormir pero el sueño nunca cumple su cita, en su lugar lo hacen los zancudos, el bochorno, la comezón y los otros tantos muchos males del insomnio —junto con ellos mi hermano y el prime time de las novelas colombianas—. Y como si hubiese una reacción invariable ultra determinada en mí ante la disposición para el sueño, aparecen las palabras sordas del pensamiento, más excitadas que en cualquier otro momento del día. Y el noctámbulo se regocija. Ese sería un momento adecuado para la actividad si el menor intento no trajera consigo la pesadez dormitiva. ¡Noctámbulo miserable! rezago de un intento de anormal que fui alguna vez. Goza de una memoria fotográfica este bastardo: cada detalle indeseable del menor error, cada palabra omitida y las que fueron imprecisas, todo lo que fue y lo que no fue, ir, volver, ser, lo que soy… a veces el llanto. Me odia por odiarlo. Me odia por querer matarlo. Es una pesadilla que vivo despierto que consiste en amedrentar al sueño; y el bobo huye como un perro. ¡Noctámbulo miserable! de fauces oscuras y babosas quien vive por el placer de excitar al viento y torturar mi sueño.
El mañanero es debilucho y son pocos los cuentos de victoria que puede relatar. Sólo sabe que adora madrugar, que la vida le sonríe antes de que la ciudad llegue a despertar. Es un tierno tonto que celebra la salida del sol y la luz del alba sobre las letras, el olor a silencio y a soledad. Azul grisáceo melancólico. Mañanero debilucho que fácil te dejas perturbar. La lucha en la mañana discurre entre movimientos estratégicos apropiados para el sueño —inefectivos en la noche, desde luego—. Los parpados como plomadas, la cabeza en desconcierto, la mentira que es para mí el descanso del sueño. Pesadez dormitiva. Y, además, poco recuerdo de los sueños. No me gusta dormir; no puedo hacerlo con tranquilidad y cuando despierto sólo quiero más sueño. Mañanero debilucho, si no fuera yo, negaría que es cierto; Noctámbulo miserable, si no fuera yo, te daría veneno.
Dualidad.
ResponderBorrarLa misma cara de diferentes monedas, siempre presente en nuestra más pura esencia.
Me gustaría saber que hoy se despertó tarde, hizo chocolate, tal vez se quedó mirando al techo y prometió que esta noche dormirá mucho, muchísimo...
ResponderBorrarSi dormí mucho y tomé rico chocolate. Pero prometí que mañana no lo haría ni por el diablo!!! jeje
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