Piedras que ruedan

Gira la tierra alrededor del sol. Enmohece la piel y los sueños, las ilusiones, la estética y a los niños. Los hombres oxidan la tierra y a todos con ella. Ya no somos niños que se les permita jugar a probar un nuevo disfraz, a cavar grandes surcos de sonrisas por donde fluye tranquilidad como agua al mar. Eso ya ni a los niños.

No asemejamos a las piedras. Piedras de desmoronamiento que ruedan y pegan. Corren hasta el final. Corren, ellas van, sin mirar atrás, sin siquiera descansar. Van hasta el final. Ruedan una sobre otra y otra y otra, y nosotros rodamos y golpeamos y vamos, sin mirar, sobre otros tantos más. Algunos pedimos descanso y una buena conversación ¡a las piedras se les ha olvidado hablar! Tristeza mayor ésta: se atragantan con sus propias palabras y ni las pueden vomitar, les indigestan; piedras que decidieron arrancarse los nervios periféricos para ignorar a las demás, y se sienten solas y van, solas, rodando sobre otras, también solas. Y también pegan; se golpean desbordadas en la velocidad.

Y al final, al llegar abajo, cuando se detienen: Nada. Nunca dijeron algo que pudiéramos recordar, entonces no nos queda más que rodar igual. Algún día algunas se detendrán e inventarán nuevas historias y nos enseñaran a oír y también a hablar. A parar de rodar. A dejar de ser piedras.

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