¿Sub specie aeternitatis o sub specie generationis? Soy sensible al encanto estético del primero de estos ideales —¿y quién no? Hay momentos de relajación: hay momentos en que el deseo de paz parece irresistible, de que se nos deje tranquilos y se nos dispense de las continuas llamadas de este mundo en el que vivimos a estar alerta y a hacer algo con él; momentos en que las responsabilidades que impone el vivir en un universo en movimiento se nos antojan intolerables. Acariciamos entonces con ánimo bien dispuesto la idea del sueño eterno. Pero, a fin de cuentas, es éste un asunto en el que la realidad, y no el filósofo, constituye un tribunal último. Fuera de la filosofía, la cuestión parece estar claramente saldada: en la ciencia, en la poesía, en la organización social, en la religión (allí donde la religión no se encuentra irremediablemente a merced de un monstruo de Frankenstein filosófico al que originalmente trajo a la existencia para que fuera su servidor). En tales circunstancias, existe el peligro de que la filosofía que intente escapar a la forma de la generación refugiándose bajo la forma de la eternidad no consiga sino quedar atrapada en la forma de la generación caducada. El peligro de intentar huir de las celdas y emboscadas del tiempo recurriendo a los problemas e intereses de la tradición, en lugar de dejar que los muertos entierren a sus muertos. Más le conviene a la filosofía equivocarse tomando parte activamente en las luchas y debates que están vivos en su propia época que el preservar una inmune intachabilidad monástica, sin arte ni parte en las ideas que están naciendo a su alrededor. En el primer caso se la respetará, igual que respetamos toda virtud que da fe de su sinceridad participando de las perplejidades y los fracasos, no menos que de las mieles y triunfos, de la brega. Si lo segundo, está abocada a compartir el sino de todo lo que conserva su prestancia, pero no su actividad, pasados sus mejores años: a saber, guarecerse confortablemente en la conciencia de su propia respetabilidad.
John Dewey (1908), El carácter práctico de la realidad [parte V]. En "La miseria de la epistemología."
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrar