Embrutece la paciencia

El amor embrutece. O ¿son brutos los que aman? No, es la soledad la que embrutece. Talvez brutos los que no la soportamos; estúpidas las cosas que llegamos a hacer. Bruta la necesidad. Bruto el querer. Torpe el desespero; eterna la espera. Tonto quien espera. Tantas cosas que no se saben. Tantas las estupideces que se piensan o se hacen. O se piensan y se hacen; que se callan.

El amor, siempre que me visita, me revuelca. La soledad siempre me espera. Y la estupidez, también. Me sumerjo, como en pantano, hasta quedar tan pesado. Al salir, frío, húmedo, mudo, sordo, miope. Sobre todo el mutismo, reverbero del miedo. Como el eco de una voz sorda que dice «calla para nadie». Obediente, callo. Me escondo. Espero. ¡Tonto! Por suerte, la suerte me acompaña y algunos ojos me buscan...

Bueno, el tema era una historia que en un mensaje se corta, o da un vuelco inesperado deseado. A pesar de todo, las cosas cambian. «Conocí a otra persona. Entenderás, nunca me has querido, y yo muriendo. Ahora muere». O, eso creo, fue lo que dijo. Como si fuera poco mi empeño en andar en pantano, me hunden la cabeza a punta de estiércol. Ojalá hubiese sido un miércoles, ojalá un 18 de abril. El amor me revuelca aun cuando no amo. Y miente mis mentiras. Pero ¡cómo duele, en todo caso! Llega un mensaje inesperado a paso fino, trayendo al lomo indiferencia y noticias buenas de dolor para mí. Dolor para mi orgullo. Agua fría a la bondad de un tirano que amó extraña y torpemente. Que tragó fuego para no quemar ni quemarse. Tragó hasta arder y fue arrojado al precipicio.

―Fuiste cruel al caer en mi trampa. Fue triste mi amargura, más triste tu viejo dolor―. El de ella en manos de este tirano. Los días entre los dos pasaban más secos que el clima capital. No todos, por fortuna. Pero la inmensa mayoría. Largas caminatas cansadas, que descargaban el silencio sobre las vitrinas, sobre los pasos, sobre el asfalto. Sobre las sombras de una pareja que anda por la ciudad amarrando con las manos la ausencia. Aquéllos, amarrados por los besos de labios quebrados, de babas secas, de miradas inculpadoras. De esas miradas que gritan el pecado que padecen. ¡Dolor! Tantas horas y tanto amor en la despensa. Miradas con acento en la tristeza. Abrazos que son un mantra para el adiós. La invocación maldita del cansancio.

La libertad de un viaje me dio más tristeza por tu insípido amor. Ahora, sufre como yo mientras yo no sufro más por ti. Mío, que nunca lo fuiste, la misma libertad, que azota mi tristeza, que sea tu tristeza. Entenderás; nunca fuiste mío.

Fue la lectura del mensaje que voltea bajo el sol hasta el café de mis añoranzas mías del mercado de la piel. Tan mías como tú de él. Fueron golpes contundentes, pretensiosos, estéticos y llenos de rencor. La libertad que me dio, que fue soledad, fue mi mayor tristeza. Tan solo como triste, lloré cada hora perdida, cada llama tragada y todas las descargas de silencio que fueron palabras malgastadas sobre las vitrinas, los pasos, el asfalto y las sombras. Todas las estupideces que pensé, o que hice. O que pensé y que hice. Tantas cosas que callé.

Vuelvo a mi ciudad de ella y el dolor por ella me acompaña. El mutismo, el miedo y la soledad, también. La inseguridad. El error que espantó las miradas que me buscan. La soledad que me confunde al lado de mis temores; ella, quien desvanece. Muere su sombra de mis recuerdos. Tan míos de ellos (los del cine y las novelas). No obstante, la creo en mí y mi única salida. Vuelve y se feliz (o triste) que te amaré sin detenerme (o hasta agotarme, pronto)... y, talvez, me agotaré. Sufre mi vida que ya sufrirás la tuya. Sufre mis miedos, mis alas desnutridas y las tuyas. Tuya mi frustración de ellos. De ellos mías las tuyas. Nadie es de nadie como mía tu fuiste. «Mío», mi nombre que me agotó.

Bueno, y el resto ya se sabe: Un mensaje; nuevo amor; la soledad de nuevo; el llanto, la confusión; el arrepentimiento y el querer volver; de nuevo la tristeza, la locura, la tranquilidad; y, por último, la espera y un nuevo amor.

Bueno, no todo se sabe. Más bien, no se sabe nada. Bueno, mejor que no se sepa. ¿Bueno?

Bueno, que todo está bien. Conociendo de nuevo. Bueno todo lo que está por recorrer y sufrir y padecer y no saber. En todo caso, todo es muy rico. «¡Qué delicia!» Digo, y me canso de querer decirlo todo el tiempo. Pero es que ¡qué delicia! Digo, si no se puede decir más. Bueno, todo está bien. El amor embrutece y embrutece la soledad y embrutece el miedo. Es que esperar es una mierda y no hacer ni mierda es una mierda que sólo dice «miedo». Pero, entonces, si uno sale y dice «hola», entonces, todo está bien, porque le pueden decir «yo también quiero acostarme contigo» y eso es fijo que surge el amor. Porque es que qué le vamos a hacer si somos brutos o el amor nos embrutece. Pero, en todo caso, mejor que ser bruto en la soledad con ese mutismo infinito que nada dice, pues, digo, y todo se seca. Entonces, ¡qué desespero! Yo no sé, son tantas las cosas que no se saben. Y el amor, y la soledad, y el miedo.

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